Alberto Torroba
Alberto Torroba
Alberto José Torroba (Santa Rosa, La Pampa, 8 de abril de 1952 – Anguil, La Pampa, 17 de junio de 2025) fue un navegante y aventurero argentino, reconocido por haber cruzado el océano Pacífico en solitario a bordo de una canoa de 4,5 metros de eslora construida artesanalmente, sin instrumentos de navegación y guiándose únicamente por las estrellas, al estilo de los antiguos navegantes polinesios.

Su hazaña más notable ocurrió en 1989, cuando recorrió más de 5.000 kilómetros desde Panamá hasta las Islas Marquesas en la Polinesia Francesa. Tras dos décadas de periplo por el mundo, regresó a su provincia natal para establecerse como productor rural en un campo de 400 hectáreas en Anguil, donde vivió con su familia hasta su fallecimiento.

Primeros Años y Huida de Argentina

Alberto Torroba nació en Santa Rosa, capital de La Pampa, en 1952. Durante su juventud se trasladó a Buenos Aires para estudiar Matemáticas y Teosofía, carrera que abandonó al sentir que la vida académica no le ofrecía el camino que buscaba.

En 1977, en pleno contexto de violencia política en Argentina, su aspecto de pelo largo lo convertía en blanco de frecuentes controles policiales. «Te llevaban preso por tener pelo largo; una o dos veces por semana entraba en alguna comisaría. Las cosas eran cada vez más difíciles y me fui», relataría años después. Vendió su moto, compró un pasaje a Madrid y emprendió un viaje que se extendería por dos décadas.

Periplo por el Mundo

Torroba recorrió Europa con apenas 50 dólares en el bolsillo. Vivió en Ibiza, pasó un año en Berlín y luego atravesó el continente hasta llegar a la India, donde residió dos años.

En la India, su vida dio un giro espiritual. «India te lleva la vida. Fui con un plan y el plan se fue al carajo al poquito de aterrizar. Es un quilombo. En la calle hay elefantes, monos, camellos, perros y vacas. Las personas se visten cada una diferente: los *sadhus* andan en pelotas, los oficinistas en traje, otros andan en turbante. Un gran circo, eso es la India», describió. Allí conoció a un maestro de yoga con quien aprendió disciplinas que luego le serían útiles en sus travesías oceánicas.

Continuó su viaje por Taiwán, Sri Lanka, Katmandú y recorrió el Himalaya a pie. En Japón, sin conocimientos previos de navegación, compró un manual en inglés, The Complete Yachtsman, y comenzó su formación náutica de manera autodidacta. «Incorporé rudimentos de navegación a vela de un librito en inglés y aprendí de los antiguos navegantes polinesios, que se orientaban con las estrellas», explicó.

Entre 1982 y 1995, Torroba vivió embarcado en distintas naves construidas por él mismo, cruzando el Atlántico y bordeando costas africanas. Fue deportado de Papúa Nueva Guinea tras integrarse a una comunidad indígena —un misionero lo denunció a las autoridades— y sobrevivió a un naufragio frente a las costas de Uruguay.

La Construcción del «Ave Marina»

En 1988, Torroba se internó en la selva alta del río Chimán, en Panamá, con un objetivo claro: construir una embarcación para cruzar el Pacífico. Durante seis meses trabajó junto al artesano panameño Esteban Chávez, seleccionando un tronco de espavé, un árbol de más de 40 metros de altura con una circunferencia de casi dos metros y medio, utilizado tradicionalmente para construir canoas.

Sin planos, talló el tronco con hacha, ahuecándolo para dar forma a lo que sería el «Ave Marina»: una canoa de 4,50 metros de eslora y 1,50 metros de manga. Las velas las confeccionó con lonas de bolsas, el mástil con palos torneados, y su equipamiento incluía apenas cartas de navegación, anzuelos, plomada y algunos cabos.

La Travesía del Pacífico

Primera etapa: Panamá – Galápagos

La canoa con la que atravesó el Pacífico
La canoa con la que atravesó el Pacífico
El 14 de enero de 1989, Torroba zarpó desde Taboga, Panamá, con destino a las Islas Galápagos. Esperó las primeras horas del sábado para partir, evitando la superstición del viernes 13. «Cuando vi los primeros veleros, me di cuenta que ya era sábado», relató.

Tras casi 20 días de navegación guiándose por las estrellas —específicamente por la declinación del Cinturón de Orión (las Tres Marías)— arribó a las islas, donde permaneció 18 días aprovisionándose de agua dulce, granos secos y enlatados.

Segunda etapa: Galápagos – Marquesas

El 22 de febrero partió hacia las Islas Marquesas, un trayecto de más de 3.000 millas náuticas (unos 5.000 kilómetros). Pocos días después de zarpar, una tormenta hizo volcar su embarcación —lo que en jerga náutica se llama «vuelta campana«— y perdió gran parte de sus provisiones y agua.

Entre las pérdidas se encontraba también la brújula que llevaba, aunque escondida para no usarla. «Cuando pasás Galápagos sabés que no podés volver porque la corriente te lleva, y le apuntás a un grupito de islas que está a 5 mil kilómetros de distancia: sos vos y la Naturaleza», contó.

Navegación sin instrumentos

Torroba navegó sin brújula, sextante ni cronómetro. Su orientación combinaba:

  • Observación de estrellas (había memorizado 57 constelaciones visibles según un manual polinesio)
  • Dirección de las olas y su refracción
  • Comportamiento de aves migratorias y su regreso al atardecer
  • Formación de nubes estacionarias sobre tierra firme

«Te acostumbras a convivir durante semanas y meses solamente con el mar y el cielo. Según el tipo de pájaro terminás sabiendo a qué distancia estás de la isla. Porque hay de alta mar y costeros. Estos cuando era la tarde regresaban, y eso me daba la certeza que estaba cerca de tocar tierra», explicó.

Durante la travesía, contó con inusuales compañías: un tiburón de unos tres metros que en una noche se recostó sobre el tronco golpeándolo, y un petrel solitario que navegó junto a él casi todo el viaje, al que bautizó «Petroloco».

Llegada a la Polinesia

Torroba arribó a Hanavave, en Bahía de las Vírgenes (Baie Des Vierges), en la isla de Fatu Hiva, parte de las Marquesas, el 5 de marzo de 1989. El cruce desde Galápagos le había demandado 40 días, completando una travesía total de 63 días desde Panamá.

Reflexión y Transformación Espiritual

Alberto Torroba en las Filipinas
Alberto Torroba en las Filipinas
Para Torroba, el cruce del Pacífico fue tanto un desafío físico como un viaje interior. «Hasta los treinta días de navegación yo seguía siendo medio cocorito, con todo mi mambo del yo y el yo, aferrado a mis pavadas personales. Después me fui cansando cada vez más hasta que me entregué. Ya estaba, lo solté, o me lo sacaron, que sé yo, estaba entregado a otra cosa», reflexionó.

«Solté el ego en el mar», sintetizó años después. «Esa experiencia queda con vos, algo cambia dentro tuyo. Antes tenía una tendencia a querer demostrar cosas, pero después no me interesó más. Demuestro si me gusta, si me cae bien la gente, sino no me interesa. Soy un salame más, pero ya lo asumí», añadió.

Regreso a Argentina y Vida en el Campo

Torroba continuó navegando por los archipiélagos de la Polinesia y conoció a Rebeca, una filipina con quien se casó. Cruzaron el Océano Índico hasta Kenia.

Pero esa obsesión que mantenía por el mar, algún día mostraría una grieta de nostalgia, por la que, de a poco, se colarían las ganas de volver. «Estaba en Brunei, a principios de los años noventa, cuando una inglesa me dijo que había argentinos en el palacio del sultán, y fui a ver. Me encontré con unos 600 caballos argentinos y unos 30 compatriotas, hombres y mujeres, que trabajaban contratados por el sultán en las caballerizas reales. Comimos asado, sentí el olor de los caballos, comprendí que quería volver.»

Se instaló en «La Cambicha», un campo de 400 hectáreas heredado de su padre, ubicado a 25 kilómetros al este de Santa Rosa, en el ejido de Anguil. Allí vivió con su esposa Rebeca y sus tres hijas —Luna del Mar, Denébola y Alma Ranquel— dedicándose a la cría de ganado con un sistema de producción autosustentable.

Vivía con energía solar y un molino de viento para el agua, cocinaba a leña, y se movilizaba en un Citroën 3CV que consideraba «una 4×4, pero un poco más lento». Rara vez visitaba Santa Rosa: «No me siento a gusto en las ciudades. Aquí todo es tranquilo y los tratos los hacemos de palabra», contó.

Legado y Últimos Años

Alberto Torroba en su casa en su casa en Anguil
Alberto Torroba en su casa en su casa en Anguil
En 2015, Torroba publicó su libro Relato del Náufrago y el Ave Marina. De cómo un pampeano vio el mundo y cruzó el océano tropical en canoas a vela y remo, donde narra sus vivencias, reflexiones y aprendizajes en primera persona.

En abril de 2025, la Asociación Deportiva Argentina de Navegantes (ADAN) lo distinguió como socio honorario en reconocimiento a su trayectoria y legado inspirador.

Alberto Torroba falleció el 17 de junio de 2025 en su campo de Anguil, a los 73 años, tras padecer una larga enfermedad. En sus últimos días, aún estaba construyendo una embarcación que no alcanzó a concluir.

Fuentes: Vía País, La Nación, Crónica, Radio Don, Estación FM, Diario Textual, Nautica.News